La Bienal Centroamericana 4: Arte y consciencia ecológica

 

La mayoría de quienes están leyendo esta crónica vive en una ciudad, es decir e un sistema urbano hecho de calles con semáforos, aceras, conjuntos habitacionales, centros dedicados al ocio y al deporte, barrios residenciales, negocios, carros, transportes públicos, centros comerciales, oficinas y generalmente mucho tráfico. Las ciudades son espacios geográficos que han ido creciendo, voraces y bastante despiadados ante la Naturaleza, aniquilándola en vez de integrarla ; y que van absorbiendo zonas rurales. A lo largo de la historia, la urbanización ha cortado al ser humano de la “Madre Naturaleza”, hasta el colmo de empacar en plástico cada fruta en los supermercados, y especialmente aquellas que han recorrido miles de kilómetros en avión para llegar a nuestro plato, consumidores tan exigentes como inconscientes.  Este sistema social y geográfico parece funcionar por encima de las leyes naturales, y nosotros, sus habitantes, nos vamos creyendo invencibles. Casi creemos que podemos dominar a la Naturaleza, a golpes de cemento, vallas y gasolina.

Las civilizaciones indígenas conocedoras y adoradoras de la Naturaleza han existido en todo el istmo desde tiempos inmemoriales. Pero en el mundo en el que vivimos, la urbanización va de la mano con la ladinización de millones de indígenas que, al decidir dejar la tierra de sus antepasados, prefieren negar sus orígenes con la esperanza de así adaptarse mejor al mundo laboral, y ascender socialmente. Y eso conlleva una ruptura muchas veces brutal con la tierra y sus elementos.

En la X Bienal Centroamericana, varios artistas trataron el tema de la ilusoria dominación del ser humano ante la Naturaleza para subrayar algunos vicios de nuestra “civilización” occidental. Más que una voluntad de concientizar al público, las obras presentadas son testigos de las preocupaciones y voluntad de cambio por parte de los artistas de la región.

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En su díptico Centroamérica sumergida expuesto en el Museo Nacional, Oswaldo De León Kantule “Achu” representa el istmo y sus habitantes hundidos bajo las aguas, como signo de su preocupación por la subida del nivel de los océanos que amenaza la tierra de su pueblo. Como lo indica el artista, según estudios realizados en esta zona, el nivel del mar ha aumentado tanto en los últimos cuarenta años que pueblos enteros tendrán que mudarse a tierra firme.  El artista de la etnia Guna de Panamá lleva varios años investigando sobre el tema, y le preocupa también el daño causado por la contaminación acuática, los plásticos que invaden la vida submarina y afectan la economía y el medio ambiente de los pueblos pescadores de las islas Caribe. Este díptico se completa con un video interactivo : Dupu, (isla) La casa de los Gunas que se hunde. De forma lúdica y educativa, el vídeo documenta, paso a paso, el proceso de creación del olio. El espectador, tocando la pantalla, puede ver videos cortos relacionados con el tema. Esta obra fue realizada con el apoyo de los ancianos de su pueblo, aunando así enseñanzas ancestrales y tecnología avanzada, prueba de que ambas pueden coexistir y luchar por una sociedad más responsable.

También presentada en el Museo Nacional de Costa Rica,  la obra del guatemalteco Naufus Ramírez Figueroa toma la forma de una instalación sonora: al entrar en la oscuridad, se escuchan grabaciones de pájaros en su medio natural, y se adivina el ambiente de la jungla tropical; un ambiente que recordará a algunos caminatas en el Petén, a otros respiros en Costa Rica; momentos en que cada persona se para, conmovida por una fuerza que nos une, maravillada ante la inmensidad de los árboles, la biodiversidad escondida detrás de cada hoja, y a la vez impresionada por la vulnerabilidad de nuestros pequeños seres.

Un paso más adelante, se entra en un cuarto peculiar, en el que se presenta la obra Los Creadores de Lourdes de la Riva. La artista guatemalteca lleva años observando  a las polillas, verdaderas inquilinas de su estudio, que se nutren de madera y libros… o sea de creaciones y conocimiento humano. Las polillas, habitantes clandestinas de las creaciones humanas, devoran sin saberlo los pensamientos plasmados en libros y debilitan la madera que sostiene edificaciones enteras. La artista trabaja así en “colaboración” con los insectos, aceptando su reinterpretación de lo intervenido; y presentándolos como creadores de nuevos sentidos.  En un cuarto separado, cuelga una viga llena de pequeñas banderas : “La Gran Victoria”. Al acercarse, el espectador se da cuenta que las banderas representan una polilla y están insertadas por la artista en agujeros hechos por ellas. “Yo no soy más que la agente de las polillas” me dice la artista en una entrevista. Una obra que replantea el lugar de estos insectos. Los caminos  trazados, las formas que ellas “deciden plasmar” son transformadas por la mirada de De la Riva: el negativo se vuelve positivo, y la plaga se vuelve creadora.

El costarricense Christian Salablanca, en la obra Estudios de Vulnerabilidad lleva un estudio comparativo, casi biológico, entre sociedades humanas y animales. Las relaciones de poder de los depredadores  y la vulnerabilidad de algunas especies se vuelven un eco a la construcción de las sociedades centroamericanas. Sus dibujos sumamente científicos ilustran el libro, donde se cuelan reflexiones del artista, derivadas de sus observaciones: “La lucha será más severa entre organismos de la misma especie”; “Uno tiene que devorar al otro para poder sobrevivir, y el otro tiene que actuar como el que devora para poder subsistir”

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En el Museo de Arte y Diseño, Naufus Ramírez Figueroa presentó  Feather Piece : un performance filmado, en el que el artista perfora su brazo con plumas negras « referencia a los rituales prehispánicos de transformación », una metamorfosis en los nahuales, a la vez protectores y almas gemelas.

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Asimismo, aunque el « desarrollo » de nuestros países haya engendrado megalópolis y que el tráfico se haya vuelto una verdadera plaga en todos nuestros países, en Centroamérica podemos ser humildes ante nuestro Medio Ambiente. Todos acá sabemos que la Naturaleza siempre termina recordándonos su preeminencia : tifones, huracanes, terremotos, maremotos, o erupciones de volcanes (como la del Turrialba que me dio la bienvenida en San José) parecen regañarnos, de forma periódica, recordándonos nuestra inferioridad, como género y como civilización.

Recordemos que la palabra Huracán (adoptada en casi todos los idiomas) viene del Maya Quiché Hurakán, Dios del viento, del fuego y de las tormentas que participó a la creación del Hombre a partir del maíz. La Naturaleza destruye, y da vida a la vez.

Centroamérica es un istmo puramente volcánico, un accidente en términos geológicos que unió con capas de lava a América del Norte y del Sur, a lo largo de los milenarios y de las erupciones y que se fue alzando al cielo con altas cimas montañosas. Pero ¿quién sabe? Tal vez algún día el mar volverá a cubrir la tierra…

El arte puede mover montañas.

 

 

 

 

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