Ser mujer guatemalteca

Nací en Guatemala, en un clan matriarcal. Mi abuela Lala educó sola a sus 6 hijos, y como buena italiana, fue nuestra reina: la mamma que nos recibía siempre con un postrecito rico o una horchata con champurrada; y nos enseñó a todos los valores que aún cultivamos: la honradez en el trabajo, el valor de la palabra, la buena educación, el arte de recibir, pero también el sentido de la familia, de la pareja, y de la fiesta. Y también, la devoción a la virgencita de Guadalupe, mamá morena de toda América latina. 

En mi núcleo familiar nunca sentí machismo. Tengo suerte, porque mis hermanos y yo fuimos educados con las mismas oportunidades; y siempre vi a un papá que le encantaba cocinar, y que alentaba a mi mamá a desenvolverse profesionalmente. Es más: cuando nos venimos a vivir a Francia, mi papá siguió a mi mamá a su propio país, donde ella fue nombrada Embajadora de Guatemala – de las pocas mujeres embajadoras del cuerpo diplomático en París. 

Poco a poco fui descubriendo que el mundo no era igual para hombres y para mujeres. Al mismo tiempo que no es el mismo para las personas de apariencia no-occidental.  Como todas las mujeres que han levantado la voz en el movimiento “me too”, “yo también” puedo decir que me han molestado las ofensas sexistas de los hombres en la calle, que he tenido que aprender a discernir entre genuino interés profesional y atracción física no compartida; he tenido que aprender a defenderme. Pero en París, blindarse es una cuestión de supervivencia. 

¿Siento que es injusto? Si. ¿Entiendo? Creo que sí. ¿Justifico? No. 

Me explico: las mujeres somos muy poderosas. Tenemos poderes sobrenaturales; estamos conectadas con la luna; gozamos de mucha intuición; nuestras manos pueden curar; en fin, todas somos medio brujas, y ese poder de nuestra mente, y nuestro espíritu, asusta. Pero no creo que por eso tengamos que ser forzosamente feministas o considerar al hombre en general como nuestro enemigo. Simplemente, estamos conscientes de nuestra posición, y creo que es esencial construir nuestro camino. Hay que estar conscientes de nuestra fuerza.

¿Qué ha sido para mí ser una mujer guatemalteca? 

Responder a esta pregunta me cuestiona sobre mi legitimidad: no me considero un ejemplo, ni un “ejemplar” de lo que es ser mujer en Guatemala.  Me volví adulta en Francia, y, aunque vivo conectada mentalmente a mi país, solo viví “en carne propia” la calidad de mujer puntualmente, en temporadas más o menos largas. 

Lo que sí puedo afirmar es que esta “doble visión”, con los lentes europeos y chapines a la vez, me permite observar mi sociedad con mente abierta y crítica. Cada vez me impacta más lo sexuadas que son las relaciones. Un ejemplo: en un evento social, después de saludar a todos y a todas de la misma manera, las mujeres se juntan entre sí, los hombres entre sí. No importa la categoría social, ni la etnia, ni la religión, es una cuestión cultural de amplitud nacional. 

Yo, la verdad, he sido muy libre. He compartido apartamento con 4 hombres sin que fueran mis novios ni tuviéramos otro tipo de relación que una casi fraternal. Por lo general, me llevo muy bien con los hombres y creo que el haber estado en colegios mixtos me ha ayudado a entender nuestras diferencias y apreciar nuestros acercamientos a la vida, que, al ser sexuados, son complementarios. 

Otro aspecto pasivamente violento: el modelo de camino de vida femenino que, hasta ahora, es unívoco: la vocación de ser esposa, madre, ama de casa. Es un tema que reflexioné mucho alrededor de una serie de fotografías de Clara de Tezanos, para su próxima publicación: Todas somos Marías, donde retrató a mujeres en su espacio íntimo, de hogar. 

Esto para mí, en este momento de mi vida, es un tema delicado, y no sé sinceramente responder si la voluntad de casarme y ser madre es algo propio o integrado socialmente. Quizás esa pregunta no tenga tanta relevancia – ¿qué no es impuesto socialmente? – aunque sí creo que es importante realizar que uno no es menos mujer si decide no ser esposa o mamá. 

En fin, es evidente para cualquiera que se atreva a abrir los ojos que la sociedad guatemalteca, además de ser racista y clasista, es sumamente sexista. Ser mujer puede ser el peor sello del destino; y eso lo prueba el sinfín de estadísticas de falta de escolarización de las niñas; de adolescentes embarazadas; los feminicidios; las violaciones; los abusos; la violencia intrafamiliar; y sucesos traumáticos para toda la sociedad como el mal llamado “Hogar Seguro”; que no se nos olvida. 

Pero también he de decir que las mujeres guatemaltecas siempre me han impresionado por su fortaleza. TODAS. De la señora del mercado a la empresaria; de la artista a la doctora. Me vienen a la mente mil nombres, de hoy y del pasado que demuestran que el ser mujer y haber nacido en Guatemala puede ser una buena combinación. Sin embargo, aun todavía muchas niñas no van a la escuela, y la taza de analfabetismo entre las mujeres es mayor: los padres de familias de escasos recursos mandan casi casi siempre al hombre a la escuela cuando se trata de elegir. En este sentido, asociaciones como K’Wa, que paga la matrícula de las niñas de comunidades del Quiché y de las Verapaces está haciendo una labor muy valiosa. Pero esto no para allí: y a pesar de los estudios, muchas mujeres tienen que elegir entre ser mamás y ser profesionales.

Y eso no puede ser, porque es muy egoísta, no solo a nivel personal y familiar sino ante la sociedad. 

Algunos ejemplos: Gaby Moreno, que solo sube a un escenario y deslumbra; Sara Curuchich, voz clara de su pueblo; Adriana González, cantante de ópera en París. Rosina Cazali, Silvia Herrera, curadoras; las artistas Lourdes de la Riva; Sandra Monterroso; Clara de Tezanos fotógrafa y fundadora de la primera escuela de foto de Centroamérica; Inés Méndez, arquitecta que trabajó con Renzo Piano en el proyecto del Whitney Museum de NY; Jeanne Samayoa, Bibi la Luz, Maria Cecilia Díaz, Maria Mercedes Coroy, GRAN ACTRIZ ; sin hablar de las ya fallecidas: Nan Cuz, Margarita Azurdia; Lisie Habbie; Isabel Ruiz …

Las mujeres son las del legado. Claro que es uno más oculto que el del hombre, más profundo y sutil. Consiste en las actitudes, en los gestos, en las posturas, en el imperio de los valores y de los códigos aprendidos. Como los que aprendimos de nuestra abuelita Lala. 

La tradición oral trasmitida de madre a hija, es lo que ha permitido que sigamos comiendo tortillas, tamales y fiambre; que nos hayamos aprendido los villancicos y las canciones de cuna; que la cerámica de Santa Cruz Chinautla siga, al igual que la tradición textil. Pero también hay que cuestionar el carácter sexuado de los oficios: ¿por qué hay tan pocas orquestas de marimba de mujeres? ¿por qué hay tan pocas carpinteras? ¿por qué tan pocas ministras? 

La hemorragia de hombres a EE.UU ha hecho que Guatemala es ahora, más que nunca, un país de mujeres. Que esas mujeres se empoderen, que se vuelvan fuertes. Ese es mi deseo para la Guatemala de mañana. 

Published by ChristinaCM

Chapina parisina en busca de emociones culturales Viajante de lo inaudito Centraca en el alma En papel : licenciada en gestión cultural (Université La Sorbonne Nouvelle - París) y máster de Estudios Latinoamericanos (Instituto de Iberoamérica - Universidad de Salamanca - España). Actualmente: administradora para La Caféothèque - París Fundadora del colectivo de curaduría en cafés Coffeexhibits Fundadora y presidenta de la asociación ACÁ : Asociación Centroamericana en París

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